Jazz 2019 en Santiago de Cuba

Por Nancy Morejón

Dedicado a rendir tributo a la obra del músico, investigador y ensayista Leonardo Acosta, gran cultivador del género, el Festival ha aglutinado un sinfín de agrupaciones, locales y extranjeras, que han hecho las delicias de todos los públicos

SANTIAGO DE CUBA.–El jazz, esa expresión de arte supremo y diversidad cultural continentales, ha alcanzado relieves de excepcional magnitud en la presente edición XXXIV del Festival Internacional de Jazz Plaza, particularmente en el más reciente capítulo concluido en Santiago de Cuba, la reina de los territorios y archipiélagos orientales.

Dedicado a rendir tributo a la obra del músico, investigador y ensayista Leonardo Acosta, gran cultivador del género, el Festival ha aglutinado un sinfín de agrupaciones, locales y extranjeras, que han hecho las delicias de todos los públicos, los fanáticos, los consumidores habituales y los curiosos de aquí y de allá. Ha habido también un significativo programa académico en sedes habilitadas a tales efectos. En Santiago, sus patios, sus plazas, sus teatros y sus pequeños, aunque acogedores clubs, han sido los escenarios principales del Festival que encontró aquí puertas, horizontes y, sobre todo, corazones abiertos como, por ejemplo, la acogida que recibiera el grupo The Shuffle Demons, de Canadá, cuyo concepto incluyó un inusitado rigor interpretativo junto a un agudísimo sentido del humor que hubieran merecido una crónica especial.  Al disfrutar de piezas como Spadina Avenue y Pan con queso, merecieron el aplauso más sentido bajo los árboles de Caguayo.

Uno de los acontecimientos más relevantes del XXXIV Festival de Jazz, en Santiago, fue el concierto del maestro Arturo O´Farrill que tuviera lugar el martes 15 de enero, en el teatro Martí.  Anunciado en el programa general y en virtud de la simpatía que durante algunos años ha despertado este joven virtuoso –hijo de una gloria musical nuestra, Chico O´Farrill–, lo cierto es que el teatro fue abarrotado y estuvo colmado todo el tiempo por el entusiasmo y la admiración de los asistentes.

El acontecimiento al que me refiero es la confluencia en escena de dos conjuntos emblemáticos nacionales: Los Muñequitos de Matanzas junto a la célebre Conga de los Hoyos. Esa confluencia fue una propuesta estética de O´Farrill, que encontró un lenguaje musical apropiado, recreado, en primer término, por un pequeño grupo de estudiantes de la Enseñanza Artística, quienes ejecutaron, a través de varios instrumentos de viento, una partitura experimental cuya base era la improvisación más serena y, por ello, más eficaz.  El canto popular de Los muñequitos… se aunó a las tonadas tradicionales de la más antigua comparsa santiaguera, Los Hoyos. Inspirados por el fervor y la dirección de O´Farrill, estos artistas  –bebiendo de la fuente viva de un folclor vivo y dinámico–,  fueron creando un lenguaje musical en donde la percusión
alcanzó dimensiones inusitadas mediante cueros, cencerros que marcaban la apoteosis de un ritmo compartido, al mismo tiempo, por la danza tradicional que lo acompaña, en especial, en el perfil de los columbianos cuyas sensacionales estampas fueron aplaudidas a todo tren.

Todos se sumaron al ritmo, a la danza y al esplendor de los hierros, de modo que el espacio del teatro Martí resultaba demasiado pequeño para albergar lo que estaba sucediendo. De súbito, los artistas –incluido O´Farrill– comenzaron a bajar a platea; los de platea, puestos de pie, se sumaron a la legendaria comparsa y no quedó nadie en su asiento. Las puertas del teatro Martí se abrieron, una lengua de fuego alcanzó la placita de enfrente inundándola con la gracia ancestral que la caracteriza.   

Horas después, en el Iris Jazz Club, pudimos disfrutar de un formidable concierto por el trío de Albertico Lescay Junior, integrado por él mismo y los jóvenes intérpretes Rodrigo Montpeller, en la guitarra y, en el bajo, Gehiran Torres.  El repertorio traído a Santiago por estos jóvenes integra la primera propuesta discográfica de Albertico, llamada Escape hacia la luz, que apareciera en el catálogo de la Egrem de 2018. 

Este concierto fue una atildada puesta en escena donde se hizo patente –y por eso la aplaudimos–  el ejercicio de una estética que rinde culto a las más legítimas raíces devueltas en un timbre hermoso, más que moderno, que se alimenta de un oficio certero.  Una voluntad de estilo marcó la diferencia al utilizarse diversos teclados que incluyó un sonido puntual de lo que hoy se conoce como Keytar.  Esa estética culminó, de mano maestra, con su conmovedora versión de la célebre tonada Mariposita de primavera, de Miguel Matamoros, el santiaguero universal.  Vibramos al compás de Santiago y sus más representativos talentos.

(Tomado de Granma)

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